Hace días quiero hablar en público y no lo hago. Me he incumplido tantas veces esta promesa… Y sí, tengo un emprendimiento, y sé que en redes toca mostrarse porque eso es parte de generar confianza con la gente que nos escucha. Lo curioso es que ya tengo guiones, tengo los temas listos, y aun así me cuesta fluir frente a la cámara. Entonces me detuve y me pregunté:
¿a qué le tengo miedo de verdad? Varías respuestas llegaron:
– Hablo mucho y no sé sintetizar.
– ¿Y si digo algo y nadie me escucha?
– ¿Y si lo que comparto no es importante?
– ¿Y si las personas no reaccionan como espero?
Me di cuenta de que comunicarme no me estaba limitando por falta de capacidad, sino porque estaba pensando demasiado en lo externo: en cómo iban a reaccionar, en lo que podían opinar, en si era suficiente.
Pero ¿qué pasa si en vez de eso me enfoco en mi mensaje? ¿Qué pasa si hablo desde el mismo miedo que siento, desde la honestidad de admitir que me cuesta?
Quizá ahí está la respuesta: no necesito hablar perfecta, necesito hablar real. Si soy auténtica, si me permito ser vulnerable y decir “sí, me cuesta, pero aquí estoy”, entonces lo que transmito no se trata solo de información, sino de conexión.
El miedo sigue ahí, claro, pero se transforma. Ya no es un obstáculo, sino un recordatorio de que lo que voy a decir importa, al menos para mí, y eso ya es suficiente para empezar.
Sé que no soy la única a la que le ha pasado esto. Y quiero decirte algo: reafirmarte es la cuestión. Un día, hablando con Rumi —el poeta místico sufí, lo imaginé diciéndome: “Crea frases y acciones ancla que te ayuden a vencer tu propio miedo.”
Entonces he empezado a transformar mis pensamientos:
– En vez de decir “me da miedo hablar en público”, digo: “estoy
aprendiendo a hablar en público.”
– En vez de pensar “lo que tengo que decir no es importante”, me repito:
“lo que tengo que decir es valioso, es real, me pasó a mí.”
– En vez de creer “nadie reaccionará a mis palabras”, afirmo: “lo que
comparto puede servirle a alguien, aunque yo no lo sepa.”
Práctico mi miedo
Y últimamente, cuando voy a espacios de fortalecimiento emprendedor y de mentorías, tomo la palabra. Los que están ahí no saben que yo estoy practicando mi miedo, pero yo sí sé por qué lo hago. Hablo, aunque me tiemble algo por dentro, porque me reafirmo en el acto mismo de atreverme.
Después, cuando llego a casa, me detengo a observar: ¿qué sentí? ¿qué emoción apareció? ¿cómo fue mi tono? ¿cómo me miraron? ¿qué sentí cuando alguien me respondió o cuando tuve la sensación de no ser escuchada.
Además, cuando alguien más habla, yo muestro interés, sonrío, reafirmo y busco conexión. Porque al final, a mí también me gustaría que me sostengan igual cuando hablo. Y ahí entendí algo: hablar en público no es solo poner la voz afuera, también es aprender a sostenernos mutuamente con respeto y presencia.
Ese ejercicio me permite aprender de cada experiencia y darme cuenta de que no estoy huyendo del miedo, sino caminando con él. Y en ese camino, mi voz se fortalece.
Este mensaje no es para decir que ya hablo en cámaras, apenas estoy empezando, sino para reafirmar mi propósito y recordarme por qué lo hago. Lo comparto también para ti, para que nos acompañemos en el camino, porque sé lo difícil que es mostrarse y a la vez lo poderoso que resulta cuando damos ese paso.
¿Te animas a dar ese primer paso conmigo? Caminemos juntas en este proceso de vencer el miedo y mostrarnos tal cual somos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario