RESILIENCIA CONSCIENTE: SOSTENER LA VIDA SIN ENDURECER EL CORAZÓN

Quiero compartir contigo este cambio de perspectiva que está emergiendo en mí, por mucho tiempo he tenido la idea de que mi fortaleza reside en la resiliencia interna, en mi capacidad de soportar cualquier cosa: que, si pasaba algo, por más fuerte que fuese sabría sostenerme.

Y en muchas situaciones he respondido así, he sabido atravesar momentos de incertidumbre, con emociones distintas. Pero, luego empecé a afrontar esos desafíos internos con más calma y eso me empezó a alejar de las personas, aquellas con las que no me sentí a gusto, quienes me desbordaban emocionalmente y quienes sentía no respetaban mis decisiones.

Mi reciprocidad relacional empezó a pedirme limites, y fui terminado con muchos vínculos. Hace poco empecé a tener un llamado interno, una compresión distinta del significado de resiliencia en mi vida, no desde esa persona que tiene que endurecerse o huir, sino desde una mirada más relajada, más flexible, disfrutona.

Que activó esta nueva mirada

Miedo de perder mi capacidad de soportar la adversidad. Sí, un temor que se estaba calando en mi ADN, pero miedo a realmente qué, no tenía la certeza en qué situaciones. Porque mi sistema nervioso estaba en alerta constante. Y se suponía que yo era inquebrantable, podía dudar, pero siempre sostenerme.

La escritura es la puerta a mi autoconocimiento, me permite comprender, aclarar y discernir de manera más serena, y entre palabras surgió lo siguiente.

Tienes que permitirme estar presente en algunas situaciones sin anestesiarte, aceptar los límites que pones y aprender a no reaccionar impulsivamente.

Ahí noté que mi resiliencia real no era endurecerme, era no desbordarme, aunque el sentimiento fuera intenso, a sentirme tranquila por elegirme, ser coherente internamente.  

 

 Esta nueva mirada

No se trata de endurecerse, sino de preguntarse qué vale la pena sostener y qué se puede soltar.

Me permitió ver que cada persona tiene su lenguaje emocional y a veces las reacciones del uno o del otro no están equivocadas. Que hay quienes aprendemos a actuar sin que no los pidan, de manera mas intuitiva y quienes necesitan palabras más claras, que les hablemos de manera explícita, que les digamos lo que no, nos gusta, lo que sentimos. Los primeros dicen si me estima se daría cuenta, y el segundo si me estima me lo diría.

Y no, no se trata de ser resiliente, se trata de saber conversar de lo que nos duele del otro y de lo que le hacemos doler, porque entonces como vamos a permitir que el otro cambie, que mejoremos. Cómo vamos a observar si seguimos las mismas conductas.

Para cerrar quiero dejar estas preguntas, por si a ti también te ayudan a aprender a no cerrar el corazón en la resiliencia. 

 Si lo de afuera se desordena ¿puedo seguir siendo yo?

¿Sigues disfrutando el proceso, aunque la emoción del otro te incomode o te frustre?

y también no solo entender que cada persona tiene su respuesta emocional, sino cómo me dejo yo afectar por ella, cómo respondo yo sin perder mi centro.

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PODER DE SENTIRSE PROTEJIDO: CONSEJOS PARA VENCER BATALLAS SILENCIOSAS.

No sabemos las batallas que cada persona enfrenta cuando cierra la puerta. Hay quienes atraviesan la oscuridad con fuerza, y hay quienes sienten que las penas se hacen más pesadas en cada silencio. 

Reconocer que cada uno tiene su propia batalla nos ayuda a mirar con compasión y a entender que la sanación no es igual para todos. Pero hay algo que puede abrir una puerta hacia la claridad: empezar a conectar con lo que amamos.

La batalla invisible

Las noches difíciles, los pensamientos que pesan, los terrores que asustan: todo eso forma parte de las batallas silenciosas que no siempre contamos. Y, sin embargo, dentro de cada uno existe una fuerza que puede ayudarnos a salir adelante. Esa resiliencia interna se despierta cuando nos damos atención, cuando elegimos escucharnos y acompañarnos.

Cómo la fe nos ayuda a vencer

 

  • Recordar que no estamos solos: El simple acto de hablar con Dios nos recuerda que alguien nos acompaña en cada silencio.
  • Transformar el miedo en confianza con mantras de sanación: Cuando el temor aparece, activar tu energía del amor y reafirma que tu propio cuerpo y energía saben cuidarte. Repítete “Me siento cuidada y protegida por Dios”
  • Encontrar calma en lo que amamos: Un hobby, una actividad sencilla, puede convertirse en refugio. Moverte en el GYM, nadar, escribir, cocinar: lo que amas abre un espacio de encuentro contigo.
  • Aceptar nuestro propio ritmo de sanación: Cada persona sana a su modo. La fe nos enseña que no hay prisa: Dios sostiene nuestro proceso.
  • Celebrar la resiliencia interior como regalo divino: Hay una fuerza interna que siempre nos sostiene, nos da la fe para creer. Cuando no sepas que hacer pide a tu propia voz fuerza interna, ella llegará.
  • Siéntete a gusto con tu propia presencia: Yo le llamo tomarme un café conmigo, estar contigo misma, es un acto de liberación. Tus hábitos sanos pueden ser el puente hacia esa comodidad.

 

Escucha tus miedos, y aprende a trabajarlos a tu ritmo

 Nombrarlo: escribirlo  para liberarlo.

 Transformarlo: usar un hobby, una pasión, como puente para canalizarlo.

 Acompañarlo con fe: recordar que Dios cuida incluso en la sombra, y que la confianza en    Él nos sostiene.

 Celebrar cada paso: reconocer que incluso un avance pequeño es una victoria sobre el  miedo.

Cuando el mundo dormía y yo también, me abracé para no desfallecer. Aun en medio de la sombra, mi resiliencia interna me invitaba a aprender a sostenerme. Y en ese silencio descubrí que Dios me cuidaba, que la calma florecía en mí.

Como en la canción Cuando nadie me vio, entendí que lo que se vive en silencio también puede convertirse en luz compartida. Cada batalla vencida es un reflejo de fe, de amor propio y de la certeza de que incluso en la oscuridad, la claridad nos espera.👇👇👇

Escucha esta canción es un reflejo

 

Si hoy estás batallando en silencio, recuerda que en tu propia resiliencia interior encuentras compañía, si te has dado cuenta que puedes resistir por ti sola sana a tu ritmo. Pero; si te pesa demasiado busca ayuda.

 

 

¡Qué bueno que lo hice!

Elegir hacer, crear y sostener a diario lo que a mí me llena. Tiene belleza en sí misma, encuentro en mi propia elección, un poder interno que no necesita explicación. Lo hice y ya.

Cuántas veces decidimos emprender algo y el solo hecho de dar el primer paso ya es suficiente, porque lo hemos postergado o porque es un capitulo importante en esa meta que nos hemos trazado. No se trata de mirar los resultados; es la celebración del coraje, del umbral del dolor que decidimos pasar justo ahí; en ese segundo, la euforia de ese instante.

Hay un proceso de aprendizaje que para mí ha sido muy contemplativo y es aprender a nadar, cada vez que me atrevo a dejarme ver mientras no me sale bien la técnica, me celebro ¡qué bueno que vine! ¡qué bueno que lo hice!

Elegir una y otra vez algo que no siempre sale como “debería” requiere más valentía que esperar a que sea perfecto. Y se vuelve todavía más complejo cuando la referencia deja de ser interna y pasa a ser la mirada externa, esa que compara, clasifica y mide desde parámetros que ni siquiera son propios.

Y justo ahí está mi llamado, que tus propias elecciones te sean suficientes. Hay una frase que dice “cuando el zapato aprieta solo lo sientes tú”. Y yo digo: el cincel que esculpe tu propia grandeza lo llevas tú, es en tu corazón donde late cada suspiro y cada aliento que te recuerda: estoy viva.

La aprobación la tienes tú. Si eso te nutre, te transforma, te brota una sonrisa y revela tu belleza, no lo cuestiones. Siéntete gratificado por hacerlo.

¿Qué me llena?  ¿qué me mueve?

💙Para definir lo que es importante para mí, lo vinculo a un estado interno:

 💚Satisfecha (Esto lo elegí hacer)

 💛Saca algo de mí (Creación, escucha, retroalimentación, paz, aprendizaje)

 💓Me hace sentir a gusto (Feliz, lo quiero repetir, enfocada)

💝Exige un poco más de lo habitual (lo vuelvo a elegir incluso aunque me incomode un poco, me rete)

El "qué bueno que lo hice" llega cuando nuestras elecciones nacen de un querer genuino, de un deseo interno. Es ahí donde aparece la verdadera autonomía: cuando no elegimos para cumplir, sino para escucharnos.

Yo también estoy en ese aprendizaje: escucharme  y a compartir lo que me mueve de verdad. El autoconocimiento, el acompañar, desde la escritura, eso que siento

CUANDO ALEJARSE TAMBIÉN ES UNA FORMA DE RESPETO.

 Muchas veces “me rompí quedándome”😖

 Hubo un momento en el que empecé a observar no tanto lo que las personas decían, sino cómo me lo decían. El tono, la rudeza, la forma. No como algo aislado, sino como un patrón que mi cuerpo empezaba a rechazar.

Y entonces apareció una pregunta inevitable:
¿Merezco ser tratada así?

 

¿Esto es aprecio? Repensar la reciprocidad

Durante mucho tiempo me pregunté si estas personas realmente me apreciaban. No desde la duda constante, sino desde la observación honesta de cómo me sentía después de compartir con ellas. Porque el aprecio no se mide solo por la intención, sino por el efecto.

Y entonces apareció una pregunta más profunda:
¿Este es el tipo de reciprocidad que quiero en una relación?

No era falta de cariño. Era la forma. La rudeza en el trato, el tono seco, la manera brusca de decir las cosas. Nada explícitamente ofensivo, pero sí lo suficientemente áspero como para ir desgastando algo dentro de mí.

 

La distancia como primer recurso

La manera más fácil que encontré para afrontar esa situación fue marcar una lejanía. Menos palabras. Menos momentos compartidos. Menos exposición emocional.

Y sí, fue una buena decisión. La distancia me dio aire, claridad, espacio para volver a escucharme. A veces alejarnos es lo único que podemos hacer cuando todavía no sabemos cómo poner un límite con palabras.

Pero con el tiempo entendí algo más profundo.

 

El límite que no puse a tiempo

Lo que realmente debí hacer fue marcar un límite. Nombrar lo que me dolía. Señalar que ese trato no me hacía bien. No para cambiar al otro, sino para ser coherente conmigo.

El límite, acompañado de distancia si es necesario, es una forma más completa de cuidado. Porque no solo me protege del otro, también me protege de convertirme en alguien que no quiero ser.

 

Cuando la rudeza del otro empieza a robarnos

Me di cuenta de que, al no poner ese límite, empecé a perder cosas valiosas:
mi generosidad,
mi espontaneidad,
mi manera natural de vincularme.

Y eso fue una señal clara.
Nada ni nadie debería llevarme a cerrarme para sobrevivir emocionalmente.

No quiero aprender a ser dura para poder quedarme.
No quiero volverme fría para no sentir.

 

La reciprocidad que hoy elijo

Hoy entiendo que la reciprocidad que deseo no es solo presencia o historia compartida. Es cuidado en la forma. Es respeto en el tono. Es conciencia del impacto.

Una relación recíproca no me obliga a achicarme.
No me empuja a callar.
No me hace dudar de si merezco un trato amable.

 

Cuando el vínculo empieza a rompernos

Un vínculo empieza a rompernos cuando:

  • callamos para evitar conflictos,
  • normalizamos la rudeza,
  • justificamos lo que nos duele,
  • dejamos de ser espontáneos para encajar.

No sucede de golpe. Es sutil. Primero cedemos un poco, luego un poco más, hasta que un día no nos reconocemos en la relación que sostenemos.

 

Vincularnos sin rompernos es elegir relaciones donde:

  • no tengamos que defender nuestra sensibilidad,
  • no nos sintamos en deuda por existir,
  • no nos obliguemos a ser menos para que el otro sea más.

 

Vincularnos sin rompernos a nosotros mismos también se aprende. No nacemos sabiendo cómo poner límites claros, cómo sostener nuestra voz sin culpa o cómo quedarnos sin traicionarnos. A veces, antes de aprender a marcar un límite, aprendemos a irnos.

Irnos sin culpa es, muchas veces, el primer gesto de respeto propio.

No todo se repara con diálogo. A veces la lección no es cómo sostener el vínculo, sino cómo cerrar la puerta sin culpa y seguir caminando entera.

Irnos definitivamente, cuando ya hemos sido rotas demasiadas veces, no es rendirse. Es elegir no volver a rompernos.

 

Quien juega a perdernos, termina dejándonos ganar.
Porque cuando alguien no cuida nuestra presencia, nos empuja a elegirnos.

CIERRE DE AÑO: LO QUE NADIE DICE

 Este año me enseñó que no todo se mide en logros o sonrisas. A veces, un abrazo esperado duele. A veces, estar cerca de quienes deberían sostenerte deja un vacío profundo.

Las reuniones familiares fueron espejos: emociones escondidas, heridas silenciosas, relaciones que no siempre son recíprocas. Ese dolor es real. Hablar de él no me hace débil, me hace humana.

Me pregunto: ¿qué palabras del otro quedaron resonando dentro de mí? ¿Qué temor despertaron, qué parte de mí lastimaron? Cada sensación incómoda, cada recuerdo de lo que dolió, me enseñó a mirar con honestidad lo que siento.

Pero no todo es dolor. También hay egos, expectativas, comparaciones y defensas. A veces nos hiere lo que sentimos del otro, otras veces nos hiere lo que nuestro propio ego no quiere aceptar: la vulnerabilidad, la sensación de no ser suficientes, la frustración de ver lo que no podemos controlar. 

Reconocer tanto el dolor como el ego nos permite mirar con honestidad lo que realmente nos mueve y cómo queremos responder.

 

Sentirse no querido duele. Incluso cuando tratamos de hablar con amor, nuestra energía revela lo que realmente sentimos; se percibe la incomodidad, lo que no es sincero, y el cuerpo lo capta. Reconocerlo me ayudó a aceptar que algunas relaciones no me sostienen y que eso no disminuye mi valor ni mi capacidad de amar.

Así como me duele la indiferencia de otros, mi propia distancia también puede doler. Las relaciones son espejos: reflejan lo que sentimos y lo que callamos deja huella. Reconocerlo no es culpa, es conciencia.

Algunos se acostumbran a hablar con tiranía, a compararnos y a creerse superiores por logros. Pero, ¿alguien se ha preguntado cuál es la visión de cada uno? ¿Cómo vive su mundo, cómo sueña, desde qué propósito se mueve?

 

Tal vez no hay culpa, sino oportunidades de aprendizaje. Tal vez es de lo que dejamos pasar, de los límites que no pusimos, de los patrones heredados. Este año me hizo mirar quién soy de verdad, qué impacto tengo en los demás y cómo el amor que doy refleja lo que atraigo. Me pregunto: ¿lo que estoy generando está creando distancia o cercanía? 

 

Este cuestionamiento me permite actuar con conciencia, decidir mis límites y elegir dónde poner mi energía.

Aunque duela, aprendí a dejar al otro a su manera. Separar mi espacio es un acto de amor propio. Nos permite existir sin invadir y cuidar nuestras palabras y actos.

 

Mucho del dolor que sentimos no se expresa, y esos hilos invisibles de amor siguen ahí, silenciosos. Resurgen en un gesto, un detalle, un acto que puede alegrar al otro. Mantienen viva la conexión.

 

Tuve un encuentro familiar que inicialmente me generó resistencia. Sentí coraje, resentimiento y felicidad; sentí una mezcla de emociones. Pero me permití enfrentarlo, sentirlo, vivirlo y, al mismo tiempo, dirigirlo con conciencia. Me di permiso para nombrar lo que siento, para mirar mis dolores de frente.

Creo que este espacio ha sido un privilegio. Mirarlo así me permite recordar que cada persona, en su interior, carga algo que le duele. Entenderlo no justifica lo que hiere, pero abre la puerta a la compasión y me ayuda a no tomarlo todo como algo personal.

 

Poco se valora el coraje de reunirse, incluso con todas las heridas propias y ajenas. Hay quienes ni siquiera se lo permiten. Hacerlo es un gran regalo: un acto de amor hacia ti mismo y hacia el otro.

 

Y este ha sido mi mayor regalo este año, mi gran privilegio: permitirme mirar, sentir y enlazarme, incluso con todas las heridas, con honestidad y amor. Reconocerlo es un acto de cuidado propio y de conexión profunda con los demás.

 

Sentir es vivir. Vivir es permitirse ser auténtica. Y eso es lo más valioso que puedo llevarme de este año.